...en esta etapa cuando comienza a cambiar nuestra percepción del entorno y la percepción de los otros hacia nosotros he podido aprender que lo frívolo puede ser importante o al menos es una parte de la vida no tan despreciable como cuando me tomaba las cosas más en serio; así les presento este blog tan intrascendente como otro cualquiera.


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Sunday, January 9, 2011

"Cacería de ballenas" por Sergio de los Reyes


Rivière-du-Loup es un pueblecito a pocos kilómetros de la Ciudad de Quebec, justo a los pies del río Saint Lawrence. Ambos nombres resultan simpáticos al oído: Rivière-du-Loup, Saint Lawrence…sobretodo este último, da sensación de ser un río grande e importante, y efectivamente lo es. Desde el primer momento que lo vi, mientras íbamos camino a Nova Scotia, caí en la duda si aquello era un río o una bahía extensa que se nos revelaba. Yumey y yo habíamos casi despertado de un breve sueño que tomamos en el autobús. Los árboles de la orilla cercana a la carretera pasaban rápidos, pero las aguas del río parecían estáticas o aún dormidas. Incluso había una gran sección cubierta por una manto verde, quizás hojas o algas, que flotaba a la deriva. “ ¿Dónde estamos?” “ ¿Qué es esto tan bello?” Nos preguntamos una y otra vez. No tuvimos respuestas por el momento pero disfrutábamos de la vista que proporcionaban las montañas al otro lado de las aguas. Minutos después nos detuvimos en una intersección para luego tomar el camino de New Brunswick. Allí nos informamos: estábamos en Rivière-du-Loup y al frente estaba el río Saint Lawrence, muy amplio y extenso, casi inagotable.

Cuatro días después, cuando regresábamos de Saint John, entramos a Rivière-du-Loup, para presenciar uno de los espectáculos más hermosos de la naturaleza: Whale Watching: ir a ver las ballenas en su habitad natural. En el puerto tomamos un ferry que nos fue internando poco a poco en el río hasta llagar frente a la isla Anticosti (reserva natural de la foca gris y del oso negro), anclada en la Golfo Saint Lawrence. A medida que nos acercábamos al golfo iba apareciendo una niebla muy espesa y fría, tan gélida que todos pasajeros se resguardaron en el interior de la embarcación. A mi las manos y la cara se me comenzaron a entumir, pero no abandoné la cubierta bajo ninguna circunstancia, más bien me acomodé en la proa, desde donde tenía una vista indescriptible.

Nunca había estado en el lugar semejante. Solo había visto ese tipo de imágenes en películas de corsarios y piratas: el mar sereno, apenas perceptible, el viento fuete, por la velocidad del barco, el sonido seco y acompasado del casco de la embarcación rompiendo las aguas y una calígine muy densa, tan densa que la visibilidad se perdía a pocos metros. Como en las películas de piratas, que el barco enemigo salía de la niebla repentinamente, ya con sus cañones listos para vomitar una lluvia de proyectiles, así vi emerger de la bruma, ya en pleno Golfo, un crucero blanco lleno de turistas con nuestras mismas intenciones, pocos segundos después aparecieron otras lanchas: habíamos llagado al sitio indicado.

Comenzamos, primero, a escuchar el chillido o canto de las ballenas (en algún lugar leí, hace mucho tiempo, que el sonido que emiten las ballenas es un lenguaje bastante desarrollado muy estudiado por los científicos) y luego comenzaron a aparecer los gigantescos mamíferos. Iban de dos en dos, usualmente, y sacaban su liza espalda luego de respirar fuertemente y expulsar un chorro de agua hacia el cielo. Entonces se sumergían en las profundidades y todos las embarcaciones presentes iniciaban una nueva búsqueda de cetáceos. Era muy simpático ver aquella “cacería” de ballenas por todo el golfo, pero más carioso aún me resultó la descripción exacta, en Frances y roto ingles, de las ballenas que daba el guía, hombre corpulento, en sus 50, de melena larga y barba espesa canosa, todo un lobo de mar a lo Wolf Larsen de Jack London. Con solo verle el lomo al animal, te decía el tamaño, el peso y la edad. O el hombre era todo un experto en la materia o nos estaba tomando el pelo o quizás las dos….

Una hora y tanto después comenzamos nuestro recorrido de regreso a Rivière-du-Loup. El tiempo fue mejorando y en poco minutos ya se veían algunas zonas claras del cielo y del horizonte: las montañas, las nubes, el sol. Del gris-azuloso y amarillento de la neblina, pasamos a una luz veraniega. Todos los pasajeros regresaron al interior de la embarcación y yo seguí anclado a la proa. Entonces llagaron esos pensamientos de asombro que seguro todo hombre tiene ante el espectáculo sublime de la naturaleza: en esos momentos siento que vivimos en un mundo extraordinario, sumamente hermoso y me arriesgaría a decir que perfecto. La imagen cristiana de un paraíso en otra parte se halla adherida muy profundamente en nuestras conciencias y psicología y se acentúa casi inevitablemente a través del intercambio de supervivencia social. Sobrevivir puede ser una tarea amarga y cegadora que extirpa nuestra ansias de vivir. Sobrevivir mata, pero lentamente. ¿Podríamos tener regalo mejor que este planeta y su vida? (Es simpático esto: acabo de levantar la vista, estoy sentado en un café, y veo un mural en la pared con unas imágenes de matas de café y una sola palabra: “Paradiso”). El espectáculo de la naturaleza y el milagro de la vida. La belleza y la contemplación. La luz y el ojos escrutador. Plenitud y complacencia. Todo en breves minutos para ofrecer gratitudes a la efímera existencia.

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