...en esta etapa cuando comienza a cambiar nuestra percepción del entorno y la percepción de los otros hacia nosotros he podido aprender que lo frívolo puede ser importante o al menos es una parte de la vida no tan despreciable como cuando me tomaba las cosas más en serio; así les presento este blog tan intrascendente como otro cualquiera.


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Saturday, January 28, 2012

Pueblo Ceiba.

Hace unos dias venía cocinando un cuento; he estado trabajando en una plunilla de tema similar dándoseme por primera vez una especie de creación "en paralelo", visual y literaria; aunque no suelo publicar las cosas inmediatamente pues generalmente sufren cambios posteriores lo hago por tratarse un tanto de identidad en este dia del aniversario de nacimiento del patriota y pensador cubano José Marti.

En algún lugar de la manigua a alguien se le ocurrió fundar un pueblo; quizás fue un esclavo escapado de sus dueños en los difíciles tiempos cuando eran traidos de un continente lejano y algunos no se resignaban a la esclavitud ni a renunciar a todas sus costumbres; el monte de la nueva tierra, una pequeña isla tropical, fue el destino de muchos valientes quienes desafiando a sus perseguidores y a sus fieros perros y al castigo si eran capturados, emprendieron el tortuoso camino a la libertad rodeada de peligros desconocidos e intrincados verdes; eso fue hace mucho y este pueblo, de tan pequeño, no tenía historiadores para contar su origen y desarrollo, sólo casas alrededor de un gran espacio donde se reunian los vecinos de vez en cuando a celebrar fiestas, funerales, o como punto de partida de expediciones al exterior.
A otro alguien se le ocurrió plantar en el medio de aquella plaza una ceiba, quizás le recordaba aquel gigantesco árbol dejado atrás en ese continente de donde vinieron sus ascendientes; como en este pueblo había total libertad y poco de autoridad o voluntad para negar las ocurrencias de cualquiera Artemio plantó la ceiba y esta comenzó a prosperar; ya sin Artemio para cuidar en sus primeros años la ceiba se las ingenió para crecer saludablemente abarcando con sus robustas raices gran parte del espacio dedicado a las otroras reuniones del pueblo; sus ojos de madera parecían vigilar a todos pero a su vez velar por todos en el poblado siempre pequeño pues no crecía mucho en parte porque quienes salían al exterior solían no regresar, no tanto por encontrar un mejor modo de vivir sino por no encontrar el camino a casa; “Pueblo Ceiba”, como se comenzó a llamar el lugar estaba en verdad intrincado y sin carreteras, ni siquiera veredas para llegar hasta allí.
Las raices comenzaron a meterse entre las casas y hasta levantar los pisos de algunas, a veces funcionaban como muros divisorios de los patios; en una fecha no precisa un tercer alguien echó de menos las reuniones de todos los vecinos y propuso ahuecar el árbol para continuar echando cuentos y celebrando cosas allá adentro como en los viejos tiempos.
Las ramas y raices se extendian cada vez más, algunas eran tan anchas que permitieron usarlas de caminos y hubo hasta quien descubrió cuan agradable era hacer casas encaramadas en las ramas generalmente rectas y fuertes; no habia límite pues la ceiba seguia creciendo; con el tiempo los espacios entre las raices quedaron como parcelas de cultivo; sólo se bajaba, además de para trabajar la tierra, para los acontecimientos celebrados en el interior del tronco, este se fue dotando de varios pisos y un elaborado sistema de escaleras.
Un infortunado día decidí salir de Pueblo Ceiba y me instalé en una bulliciosa ciudad donde las plantas sólo afloran en pequeño espacios y para vivir en los altos debes hacerlo en un cajón de concreto; si hubiera regresado hubiera contado muchas cosas increibles para nosotros cómo la manera cómo la luz es llevada por unos alambres hasta unas vasijas de cristal desde donde se desparrama y asi nunca anochece del todo; pero nunca pensé que el camino de regreso pudiera perderse, a pesar de mapas y señalizaciones una ceiba en el monte, aún si está poblada, no es tan fácil hallar; he de resignarme a llevarla sólo por dentro aunque sospecho que sus mágicos ojos de árbol están vigilándome por el resto de mi vida.

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